Por Marcelo R. Cimino Argondizzo
El ejercicio naval Fraterno XXXIX, desarrollado entre el 13 y el 24 de agosto de 2026, volvió a reunir a la Armada Argentina y a la Marina de Brasil en aguas argentinas, en una nueva edición de un ejercicio bilateral que se realiza desde 1978. En esta oportunidad, la actividad permitió integrar medios de superficie, submarinos, aeronaves, logística y Fuerzas Especiales, con un objetivo declarado: incrementar el adiestramiento y la interoperabilidad táctica entre ambas fuerzas.
Pero detrás de la habitual fotografía de dos Armadas operando juntas aparece una cuestión bastante más profunda. El Fraterno XXXIX permitió observar no solamente cómo entrenan ambas fuerzas, sino también qué capacidades conserva cada una, cuáles ha perdido y, sobre todo, qué camino está siguiendo Brasil para construir las naves que Argentina necesita recuperar.
La composición del despliegue brasileño resulta significativa. La Marina de Brasil llevó a aguas argentinas a las fragatas Tamandaré y União, ambas con helicópteros Wild Lynx AH-11B embarcados; al submarino Humaitá, de la clase Riachuelo y basado en el diseño Scorpène; y al buque de apoyo y rescate de submarinos Guillobel. Las cuatro unidades conformaron formalmente la Fuerza de Tareas brasileña.
Esto indica que no se trató simplemente del despliegue de cuatro unidades navales, sino de un componente naval organizado como un sistema de capacidades integradas, en el que medios de superficie, aeronaves embarcadas, un submarino moderno y una unidad especializada en apoyo y rescate submarino aportaron capacidades complementarias dentro de una misma fuerza.

En el otro lado, Argentina desplegó al destructor ARA La Argentina, las corbetas ARA Espora y ARA Robinson, el patrullero oceánico ARA Storni y el buque logístico ARA Patagonia, además de medios aeronavales y Fuerzas Especiales. Sobre el papel, una fuerza considerable. Sin embargo, el ejercicio permitió visualizar una diferencia que resulta imposible ocultar: detrás de esa cantidad de plataformas aparecen las consecuencias de años de desinversión, obsolescencia tecnológica y pérdida progresiva de capacidades.
Durante la fase operativa del Fraterno XXXIX hubo exploración, vigilancia marítima, ejercicios de armas, defensa antiaérea, coordinación de Estados Mayores, maniobras tácticas, operaciones aeronavales, anavizajes y despegues, cubiertas cruzadas, aeroevacuación médica y reabastecimiento en el mar. También se realizaron ejercicios de tiro naval y contra blancos de superficie.
Por su parte, durante la fase marítima se desarrolló una progresiva ejercitación de guerra antisubmarina, desde maniobras básicas hasta situaciones de mayor complejidad. Participaron las unidades de superficie argentinas junto a un P-3C Orion de la Escuadrilla Aeronaval de Exploración y un Sea King de la Segunda Escuadrilla Aeronaval de Helicópteros, trabajando para localizar, clasificar y mantener el contacto con el Humaitá. En la etapa final participaron las Fuerzas de Operaciones Navales Especiales argentinas, con inserciones desde helicópteros y apoyo de aeronaves brasileñas.
Es decir, el ejercicio permitió comprobar la interoperabilidad mediante la integración de comunicaciones, procedimientos, sistemas de armas, aeronaves, logística, sanidad, SAR . Pero también dejó en evidencia que el rezago general de nuestras capacidades hace que esa interoperabilidad sea cada vez más difícil de alcanzar y sostener.

He aquí el contraste; Brasil lleva adelante desde hace años una política que vincula la adquisición de plataformas con el desarrollo de capacidades industriales y tecnológicas. El programa de las fragatas Tamandaré es un ejemplo de ello. Alrededor del proyecto aparecen gestión de programas, construcción naval, integración de sistemas, transferencia tecnológica y participación de la industria brasileña.
Algo similar sucede con el PROSUB, el ambicioso programa mediante el cual Brasil no se limitó a incorporar submarinos, sino que desarrolló infraestructura, conocimientos y capacidades industriales para construirlos y sostenerlos.
«Y en rigor de la verdad, los programas mencionados aquí —por decirlo de alguna manera— son la segunda generación encarada desde los 90 a esta parte, puesto que Brasil desarrolló corbetas clase Inhaúma y construyó sus propios submarinos A-209 clase Tupí.»
En definitiva, Brasil parece haber entendido hace tiempo que comprar una plataforma no alcanza. Hay que desarrollar simultáneamente infraestructura, personal, industria, tecnología, mantenimiento y gestión del ciclo de vida.
La cuestión no pasa únicamente por cuántos buques puede poner Argentina en el agua, sino por qué capacidades reales pueden aportar esos medios, con qué nivel tecnológico, disponibilidad y sostenimiento. Sistemas de armas y sensores que pertenecen a otra generación, plataformas que acumulan décadas de servicio y una progresiva dificultad para mantener operativos determinados componentes configuran una brecha que ya no puede disimularse detrás de una lista de unidades desplegadas.
El contraste con Brasil resulta entonces inevitable. Mientras Brasil comienza a mostrar una Armada que busca incorporar capacidades de nueva generación y articularlas dentro de un sistema, Argentina enfrenta el desafío de recuperar capacidades que durante años fueron erosionándose por falta de inversión sostenida. El problema, por lo tanto, no es solamente de cantidad de buques: es de tecnología, disponibilidad, integración y, en definitiva, de capacidad militar efectiva.
Conclusiones
El ejercicio Fraterno XXXIX deja una conclusión evidente: si bien Argentina aún conserva un número considerable de unidades de superficie, estas no solo acumulan varias décadas de servicio, sino que tampoco recibieron procesos de modernización acordes con las exigencias de la guerra naval contemporánea, lo que plantea serios interrogantes sobre sus posibilidades de supervivencia frente a un adversario equipado con medios modernos.
Pero el problema excede ampliamente a las unidades de combate. Argentina no solo ya no dispone de submarinos, sino que también ha perdido gran parte de las capacidades complementarias necesarias para sostener una fuerza naval moderna. Ya casi no existen buques capaces de ejecutar operaciones de transporte y apoyo a un desembarco, no hay embarcaciones de desembarco ni buques taller, tampoco diques flotantes; los buques de apoyo son escasos y se han perdido capacidades específicas vinculadas a la guerra de minas, entre otras.

A esto se suma la desaparición de la aviación naval de combate, una capacidad que durante décadas constituyó un componente fundamental del poder aeronaval argentino. Hoy, esa función prácticamente ha desaparecido y la Armada dispone apenas de un puñado de helicópteros, con una capacidad ofensiva extremadamente limitada.
Pero eso no es lo peor. Las capacidades, aunque cueste décadas y muchísimo dinero, pueden llegar a recuperarse. Lo que los argentinos perdimos fue el eje rector que otrora nos destacaba por sobre las demás naciones de Latinoamérica: nuestra capacidad de planificación y proyección. Una Armada integra y articula el control de los tres dominios —tierra, aire y mar—, siendo precisamente el arma de la Nación que mayor deterioro sufrió tras años de desidia y falta de inversión. Y, como si fuera poco, se instaló como algo “normal” cuestionar capacidades esenciales, como la guerra submarina o la necesidad de contar con una fuerza de combate de superficie.
Tras el Fraterno XXXIX, nuevamente aparece la pregunta: ¿Queremos simplemente seguir entrenándonos con quienes tienen las capacidades que nosotros perdimos?
Claramente, nuestra hermana República Federativa de Brasil, con su visión estratégica de nación, nos recuerda el camino que alguna vez supimos transitar. Porque el Fraterno XXXIX no fue solamente un ejercicio naval. Fue, también, una radiografía.
___________________________________________________________________
NO SE PERMITE SU REPRODUCCION, EN NINGUNA DE SUS FORMAS,
SALVO EXPRESA AUTORIZACION DEL AUTOR




